Catequesis del Papa

Semana de oraci√≥n por la unidad de los cristianos. ¬ęNos trataron con una humanidad poco corriente¬Ľ (cf. Hch 28,2)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis de hoy se enmarca en la Semana de Oraci√≥n por la Unidad de los Cristianos que este a√Īo tiene como tema la¬†hospitalidad,¬†partiendo del pasaje de los Hechos de los Ap√≥stoles que narra c√≥mo las comunidades de Malta y Gozo trataron a san Pablo y a sus compa√Īeros de viaje, cuando naufragaron. A este episodio me refer√≠ precisamente en la¬†catequesis¬†de hace dos semanas.

Por lo tanto, recordemos de nuevo la dramática experiencia de ese naufragio. El barco en el que viaja Pablo está a merced de los elementos. Llevan catorce días en el mar, a la deriva, y como no se ven ni el sol ni las estrellas, los viajeros se sienten desorientados, perdidos. El mar se estrella con violencia contra el barco que temen que se rompa por la fuerza de las olas. También les azotan el viento y la lluvia. La fuerza del mar y de la tormenta es terrible e indiferente al destino de los navegantes: ¡eran más de 260 personas!

Pero Pablo, que sabe que no es as√≠, habla. La fe le dice que su vida est√° en manos de Dios, que resucit√≥ a Jes√ļs de entre los muertos, y que lo llam√≥ a √©l, a Pablo, para llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Su fe tambi√©n le dice que Dios, seg√ļn lo que Jes√ļs revel√≥, es un Padre amoroso. Por eso Pablo se dirige a sus compa√Īeros de viaje e, inspirado por la fe, les anuncia que Dios no permitir√° que pierdan ni un solo cabello.

Esta profec√≠a se cumple cuando el barco encalla en la costa de Malta y todos los pasajeros pisan la tierra firme sanos y salvos. Y all√≠ experimentan algo nuevo. En contraste con la violencia brutal del mar tempestuoso, reciben el testimonio de la ‚Äúhumanidad poco com√ļn‚ÄĚ de los isle√Īos. Esta gente, para la que son extranjeros, se muestra atenta a sus necesidades. Encienden un fuego para que se calienten, les dan refugio contra la lluvia y comida. Aunque todav√≠a no han recibido la Buena Nueva de Cristo, manifiestan el amor de Dios en actos concretos de bondad. Efectivamente, la hospitalidad espont√°nea y la amabilidad comunican algo del amor de Dios. Y la hospitalidad de los isle√Īos malteses se ve recompensada por los milagros de curaci√≥n que Dios obra a trav√©s de Pablo en la isla. La gente de Malta fue, pues, un signo de la Providencia de Dios para el Ap√≥stol; tambi√©n √©l fue testigo del amor misericordioso de Dios por ellos.

Querid√≠simos: la hospitalidad es importante; y es tambi√©n una¬†importante virtud ecum√©nica. Significa reconocer, ante todo, que los dem√°s cristianos son verdaderamente nuestros hermanos y nuestras hermanas en Cristo. Somos hermanos. Alguien os dir√°: ‚ÄúPero ese es protestante, ese es ortodoxo…‚ÄĚ. S√≠, pero somos hermanos en Cristo. No es un acto de generosidad en un solo sentido, porque cuando somos hospitalarios con otros cristianos los acogemos como un regalo que nos han hecho. Como los malteses ‚Äē buenos, estos malteses‚Äē somos recompensados porque recibimos lo que el Esp√≠ritu Santo ha sembrado en estos hermanos y hermanas nuestros, que se convierte en un regalo tambi√©n para nosotros porque el Esp√≠ritu Santo siembra tambi√©n su gracia por doquier. Acoger a los cristianos de otra tradici√≥n significa, en primer lugar, mostrar el amor de Dios por ellos, porque son hijos de Dios ‚Äēhermanos nuestros‚Äē, y tambi√©n recibir lo que Dios ha realizado en sus vidas. La hospitalidad ecum√©nica requiere la voluntad de escuchar a los otros cristianos, prestando atenci√≥n a sus historias personales de fe y a la historia de su comunidad, comunidad de fe con otra tradici√≥n diferente de la nuestra. La hospitalidad ecum√©nica implica el deseo de conocer la experiencia que otros cristianos tienen de Dios y la expectativa de recibir los dones espirituales que la acompa√Īan. Y esto es una gracia, descubrir esto es una gracia. Pienso en los tiempos pasados, en mi tierra por ejemplo. Cuando vinieron algunos misioneros evang√©licos, un grupito de cat√≥licos iba a quemarles las tiendas. Esto no: No es cristiano. Somos hermanos, todos somos hermanos, y debemos ser hospitales unos con otros.

Hoy, el mar en el que naufragaron Pablo y sus compa√Īeros vuelve a ser un lugar peligroso para la vida de otros navegantes. En todo el mundo, los hombres y las mujeres migrantes enfrentan viajes arriesgados para escapar de la violencia, para escapar de la guerra, para escapar de la pobreza. Como Pablo y sus compa√Īeros experimentan la indiferencia, la hostilidad del desierto, de los r√≠os, de los mares… Muchas veces no les dejan desembarcar en los puertos. Pero, desgraciadamente, a veces tambi√©n encuentran la hostilidad mucho peor de los seres humanos. Son explotados por traficantes criminales: ¬°Hoy! Son tratados como n√ļmeros y como una amenaza por algunos gobernantes: ¬°Hoy! A veces la inhospitalidad los arroja de nuevo como una ola hacia la pobreza o hacia los peligros de los que han huido.

Nosotros, como cristianos, debemos trabajar juntos para mostrar a los migrantes el amor de Dios revelado por Jesucristo. Podemos y debemos testimoniar que no hay solamente hostilidad e indiferencia, sino que cada persona es preciosa para Dios y amada por √Čl. Las divisiones que existen todav√≠a entre nosotros nos impiden ser plenamente el signo del amor de Dios por el mundo. Trabajar juntos para vivir la hospitalidad ecum√©nica, particularmente con aquellos cuyas vidas son m√°s vulnerables, har√° de todos nosotros, los cristianos ‚Äēprotestantes, ortodoxos, cat√≥licos, todos los cristianos‚Äē mejores seres humanos, mejores disc√≠pulos y un pueblo cristiano m√°s unido. Nos acercar√° m√°s a la unidad, que es la voluntad de Dios para nosotros.

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