Catequesis del Papa

Catequesis sobre las bienaventuranzas: 5. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia

Queridos hermanos y hermanas, buenos días:

En la audiencia de hoy seguimos meditando sobre el luminoso camino de la felicidad que el Se√Īor nos ha dado en las Bienaventuranzas, y llegamos a la cuarta: ¬ęBienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ser√°n saciados¬Ľ¬†(Mateo¬†5,6).

Ya hemos encontrado la pobreza de espíritu y el llanto; ahora nos enfrentamos a otro tipo de debilidad, la relacionada con el hambre y la sed. El hambre y la sed son necesidades primarias, se trata de la supervivencia. Hay que subrayarlo: no se trata de un deseo genérico, sino de una necesidad vital y cotidiana, como es la alimentación.

Pero, ¬Ņqu√© significa tener hambre y sed de justicia? Ciertamente no estamos hablando de los que quieren venganza, al contrario, en la bienaventuranza anterior hablamos de mansedumbre. Verdaderamente las injusticias hieren a la humanidad; la sociedad humana tiene una necesidad urgente de equidad, verdad y justicia social; recordemos que el mal que sufren las mujeres y los hombres del mundo llega al coraz√≥n de Dios Padre. ¬ŅQu√© padre no sufrir√≠a por el dolor de sus hijos?

Las Escrituras hablan del dolor de los pobres y de los oprimidos que Dios conoce y comparte. Por haber escuchado el grito de opresi√≥n levantado por los hijos de Israel ‚ÄĒcomo nos dice el Libro del √Čxodo (cf. 3, 7-10)‚ÄĒ Dios ha bajado a liberar a su pueblo. Pero el hambre y la sed de justicia de la que nos habla el Se√Īor es a√ļn m√°s profunda que la leg√≠tima necesidad de justicia humana que todo hombre lleva en su coraz√≥n.

En el mismo ‚ÄúSerm√≥n de la Monta√Īa‚ÄĚ, un poco m√°s adelante, Jes√ļs habla de una justicia mayor que el derecho humano o la perfecci√≥n personal, diciendo: ¬ęSi vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrar√©is en el Reino de los Cielos¬Ľ (Mateo¬†5, 20). Y esta es la justicia que viene de Dios (cf.¬†1 Corintios¬†1, 30).

En las Escrituras encontramos expresada una sed m√°s profunda que la sed f√≠sica, que es un deseo en la ra√≠z de nuestro ser. Un salmo dice: ¬ęDios, t√ļ mi Dios, yo te busco, sed de ti tiene mi alma, en pos de ti languidece mi carne, cual tierra seca, agotada, sin agua¬Ľ (Salmos¬†63, 2). Los Padres de la Iglesia hablan de esta inquietud que habita en el coraz√≥n del hombre. San Agust√≠n dice: ¬ęNos hiciste, Se√Īor, para ti, y nuestro coraz√≥n est√° inquieto hasta que descanse en ti¬Ľ[1]. Hay una sed interior, un hambre interior, una inquietud‚Ķ

En cada coraz√≥n, incluso en la persona m√°s corrupta y alejada del bien, se esconde un anhelo de luz, aunque se encuentre bajo escombros de enga√Īos y errores, pero siempre hay una sed de verdad y bondad, que es la sed de Dios. Es el Esp√≠ritu Santo quien despierta esta sed: √Čl es el agua viva que ha plasmado nuestro polvo, √Čl es el soplo creador que le dio vida.

Por eso la Iglesia es enviada a anunciar a todos la Palabra de Dios, impregnada de Espíritu Santo. Porque el Evangelio de Jesucristo es la mayor justicia que se puede ofrecer al corazón de la humanidad, que tiene una necesidad vital de ella, aunque no se dé cuenta[2].

Por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan, tienen la intenci√≥n de hacer algo grande y hermoso, y si mantienen viva esta sed, siempre encontrar√°n el camino a seguir, en medio de los problemas, con la ayuda de la Gracia. ¬°Tambi√©n los j√≥venes tienen esta hambre, y no deben perderla! Es necesario proteger y alimentar en el coraz√≥n de los ni√Īos ese deseo de amor, de ternura, de acogida que expresan en su √≠mpetu sincero y luminoso.

Cada persona est√° llamada a redescubrir lo que realmente importa, lo que realmente necesita, lo que hace la vida buena y, al mismo tiempo, lo que es secundario y de lo que puede prescindir tranquilamente.

Jes√ļs anuncia en esta bienaventuranza, hambre y sed de justicia, que hay una sed que no ser√° defraudada; una sed que, si se asecunda ser√° saciada y siempre ser√° satisfecha, porque corresponde al mismo coraz√≥n de Dios, a su Esp√≠ritu Santo que es el amor y tambi√©n a la semilla que el Esp√≠ritu Santo ha sembrado en nuestros corazones. ¬°Que el Se√Īor nos d√© esta gracia: la de tener esta sed de justicia que es precisamente la gana de encontrarle, de ver a Dios y de hacer el bien de los dem√°s!

[1] Confesiones I 1,1

[2] cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2017: La gracia del Espíritu Santo nos confiere la justicia de Dios. El Espíritu, uniéndonos por medio de la fe y el Bautismo a la Pasión y a la Resurrección de Cristo, nos hace participar en su vida

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