Catequesis del Papa

Catequesis sobre las bienaventuranzas: 7. Bienaventurados los que tienen el corazón puro

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy leemos juntos la sexta bienaventuranza, que promete la visión de Dios y tiene como condición la pureza de corazón.

Un salmo dice: ¬ęDigo para mis adentros: ‚ÄúBusca su rostro‚ÄĚ. S√≠, Se√Īor, tu rostro busco. No me ocultes tu rostro¬Ľ (27,8-9).

Este lenguaje manifiesta la sed de una relaci√≥n personal con Dios, no mec√°nica, no algo nublada, no: personal, que el libro de Job tambi√©n expresa como signo de una relaci√≥n sincera. Dice as√≠ el libro de Job: ¬ęYo te conoc√≠a s√≥lo de o√≠das, mas ahora te han visto mis ojos¬Ľ (Jb¬†42,5).Y muchas veces pienso que este es el camino de la vida, en nuestra relaci√≥n con Dios. Conocemos a Dios de o√≠das, pero con nuestra experiencia avanzamos, avanzamos, avanzamos y al final lo conocemos directamente, si somos fieles… Y esta es la madurez del Esp√≠ritu.

¬ŅC√≥mo llegar a esta intimidad, a conocer a Dios con los ojos? Se puede pensar, por ejemplo, en los disc√≠pulos de Ema√ļs, que tienen al Se√Īor Jes√ļs a su lado, ¬ępero sus ojos estaban retenidos para que no lo conocieran¬Ľ (Lc¬†24,16). El Se√Īor les abrir√° los ojos al final de un camino que culmina con la fracci√≥n del pan y que hab√≠a empezado con un reproche: ¬ę¬°Oh, insensatos y tardos de coraz√≥n para creer todo lo que dijeron los profetas!¬Ľ. Es el reproche del principio (Lc¬†24,25). Este es el origen de su ceguera: el coraz√≥n insensato y tardo. Y cuando el coraz√≥n es insensato y tardo, no se ven las cosas. Se ven las cosas como nubladas. Aqu√≠ reside la sabidur√≠a de esta bienaventuranza: para contemplar, es necesario entrar dentro de nosotros mismos y hacer espacio a Dios porque, como dice San Agust√≠n, ¬ęDios es m√°s interior que lo m√°s √≠ntimo m√≠o ¬Ľ (‚Äúinterior intimo meo‚ÄĚ: Confesiones, III,6,11). Para ver a Dios no hay que cambiar de gafas o de punto de mira, o cambiar de autores teol√≥gicos que ense√Īen el camino: ¬°hay que liberar el coraz√≥n de sus enga√Īos! Este es el √ļnico camino.

Es una madurez decisiva: cuando nos damos cuenta de que nuestro peor enemigo se esconde a menudo en nuestro coraz√≥n. La batalla m√°s noble es contra los enga√Īos internos que generan nuestros pecados. Porque los pecados cambian la visi√≥n interior, cambian la valoraci√≥n de las cosas, muestran cosas que no son verdaderas, o al menos que non son¬†tan¬†verdaderas.

Por lo tanto, es importante entender qu√© es la ‚Äúpureza de coraz√≥n‚ÄĚ. Para ello debemos recordar que para la Biblia el coraz√≥n no consiste s√≥lo en los sentimientos, sino que es el lugar m√°s √≠ntimo del ser humano, el espacio interior donde la persona es ella misma. Esto, seg√ļn la mentalidad b√≠blica.

El Evangelio de Mateo dice: ¬ęSi la luz que hay en ti es oscuridad, ¬°qu√© oscuridad habr√°!¬Ľ (6,23). Esta ‚Äúluz‚ÄĚ es la mirada del coraz√≥n, la perspectiva, la s√≠ntesis, el punto de lectura de la realidad (cf.¬†Evangelii gaudium,¬†143).

¬ŅPero qu√© significa coraz√≥n¬†‚Äúpuro‚ÄĚ? El puro de coraz√≥n vive en la presencia del Se√Īor, conservando en el coraz√≥n lo que es digno de la relaci√≥n con √Čl; s√≥lo as√≠ posee una vida¬†‚Äúunificada‚ÄĚ, lineal, no tortuosa sino simple.

El corazón purificado es, por lo tanto, el resultado de un proceso que implica una liberación y una renuncia. El puro de corazón no nace así, ha vivido una simplificación interior, aprendiendo a negar el mal dentro de sí, algo que en la Biblia se llama circuncisión del corazón (cf. Dt 10:16; 30,6; Ez 44,9; Jer 4,4).

Esta purificaci√≥n interior implica el reconocimiento de esa parte del coraz√≥n que est√° bajo el influjo del mal: ‚ÄĒ‚ÄúSabe, Padre, siento esto, veo esto y est√° mal‚ÄĚ: reconocer la parte mala, la parte que est√° nublada por el mal ‚ÄĒ para aprender el arte de dejarse siempre adiestrar y guiar por el Esp√≠ritu Santo. El camino del coraz√≥n enfermo, del coraz√≥n pecador, del coraz√≥n que no puede ver bien las cosas, porque est√° en pecado, a la plenitud de la luz del coraz√≥n es obra del Esp√≠ritu Santo. √Čl es quien nos gu√≠a para recorrer este camino. Y as√≠, a trav√©s de este camino del coraz√≥n, llegamos a ‚Äúver a Dios‚ÄĚ.

En esta visión beatífica hay una dimensión futura, escatológica, como en todas las Bienaventuranzas: es la alegría del Reino de los Cielos hacia la que vamos. Pero existe también la otra dimensión: ver a Dios significa comprender los designios de la Providencia en lo que nos sucede, reconocer su presencia en los sacramentos, su presencia en los hermanos, especialmente en los pobres y los que sufren, y reconocerlo allí donde se manifiesta (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2519).

Esta bienaventuranza es un poco el fruto de las anteriores: si hemos escuchado la sed del bien que habita en nosotros y somos conscientes de que vivimos de misericordia, comienza un camino de liberaci√≥n que dura toda la vida y nos lleva al Cielo. Es un trabajo serio, un trabajo que hace el Esp√≠ritu Santo si le damos espacio para que lo haga, si estamos abiertos a la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo. Por eso podemos decir que es una obra de Dios en nosotros ‚ÄĒen las pruebas y en las purificaciones de la vida‚ÄĒ y esta obra de Dios y del Esp√≠ritu Santo lleva a una gran alegr√≠a, a una paz verdadera. No tengamos miedo, abramos las puertas de nuestro coraz√≥n al Esp√≠ritu Santo para que nos purifique y nos haga avanzar por este camino hacia la alegr√≠a plena.

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