Catequesis del Papa

Catequesis: El Triduo Pascual

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Ya inmersos en el clima espiritual de la Semana Santa, estamos en la vigilia del Triduo pascual. Desde ma√Īana y hasta el domingo viviremos los d√≠as centrales del A√Īo lit√ļrgico, celebrando el misterio de la Pasi√≥n, de la Muerte y de la Resurrecci√≥n del Se√Īor. Y este misterio lo vivimos cada vez que celebramos la Eucarist√≠a. Cuando nosotros vamos a Misa, no vamos solo a rezar, no: vamos a renovar, a hacer de nuevo, este misterio, el misterio pascual. Es importante no olvidar esto. Es como si nosotros fu√©ramos al Calvario ‚ÄĒes lo mismo‚ÄĒ para renovar, para hacer de nuevo el misterio pascual.

La tarde del Jueves Santo, entrando en el Triduo pascual, reviviremos la Misa que se llama in CŇďna Domini, es decir la Misa donde se conmemora la √öltima cena, lo que sucedi√≥ all√≠, en ese momento. Es la tarde en la que Cristo dej√≥ a sus disc√≠pulos el testamento de su amor en la Eucarist√≠a, pero no como recuerdo, sino como memorial, como su presencia perenne. Cada vez que se celebra la Eucarist√≠a, como dije al principio, se renueva este misterio de la redenci√≥n. En este Sacramento, Jes√ļs sustituy√≥ la v√≠ctima del sacrificio ‚ÄĒel cordero pascual‚ÄĒ consigo mismo: su Cuerpo y su Sangre nos donan la salvaci√≥n de la esclavitud del pecado y de la muerte. La salvaci√≥n de toda esclavitud est√° ah√≠. Es la tarde en la que √Čl nos pide que nos amemos haci√©ndonos siervos los unos de los otros, como hizo √Čl lavando los pies a los disc√≠pulos. Un gesto que anticipa la cruenta oblaci√≥n en la cruz. Y de hecho el Maestro y Se√Īor morir√° el d√≠a despu√©s para limpiar no los pies, sino los corazones y toda la vida de sus disc√≠pulos. Ha sido una oblaci√≥n de servicio a todos nosotros, porque con ese servicio de su sacrificio nos ha redimido a todos.

El Viernes Santo es d√≠a de penitencia, de ayuno y de oraci√≥n. A trav√©s de los textos de la Sagrada Escritura y las oraciones lit√ļrgicas, estaremos como reunidos en el Calvario para conmemorar la Pasi√≥n y la Muerte redentora de Jesucristo. En la intensidad del rito de la Acci√≥n lit√ļrgica se nos presentar√° el Crucificado para adorar. Adorando la Cruz, reviviremos el camino del Cordero inocente inmolado por nuestra salvaci√≥n. Llevaremos en la mente y en el coraz√≥n los sufrimientos de los enfermos, de los pobres, de los descartados de este mundo; recordaremos a los ¬ęcorderos inmolados¬Ľ v√≠ctimas inocentes de las guerras, de las dictaduras, de las violencias cotidianas, de los abortos‚Ķ Delante de la imagen de Dios crucificado llevaremos, en la oraci√≥n, los muchos, demasiados crucificados de hoy, que solo desde √Čl pueden recibir el consuelo y el sentido de su sufrimiento. Y hoy hay muchos: no olvidar a los crucificados de hoy, que son la imagen del Jes√ļs Crucificado, y en ellos est√° Jes√ļs.

Desde que Jes√ļs tom√≥ sobre s√≠ las llagas de la humanidad y la misma muerte, el amor de Dios ha regado nuestros desiertos, ha iluminado nuestras tinieblas. Porque el mundo est√° en las tinieblas. Hagamos una lista de todas las guerras que se est√°n combatiendo en este momento; de todos los ni√Īos que mueren de hambre; de los ni√Īos que no tienen educaci√≥n; de pueblos enteros destruidos por las guerras, el terrorismo. De tanta, tanta gente que para sentirse un poco mejor necesita de la droga, de la industria de la droga que mata‚Ķ ¬°Es una calamidad, es un desierto! Hay peque√Īas ¬ęislas¬Ľ del pueblo de Dios, tanto cristiano como de cualquier otra fe, que conservan en el coraz√≥n las ganas de ser mejores. Pero dig√°monos la realidad: en este Calvario de muerte, es Jes√ļs quien sufre en sus disc√≠pulos. Durante su ministerio, el Hijo de Dios hab√≠a derramado generosamente la vida, sanando, perdonando, resucitando‚Ķ Ahora, en la hora del supremo Sacrificio en la cruz, lleva a cumplimiento la obra encomendada por el Padre: entra en el abismo del sufrimiento, entra en estas calamidades de este mundo, para redimir y transformar. Y tambi√©n para liberarnos a cada uno de nosotros del poder de las tinieblas, de la soberbia, de la resistencia a ser amados por Dios. Y esto, solo el amor de Dios puede hacerlo. Por sus llagas hemos sido sanados (cf. 1P 2,24), dice el ap√≥stol Pedro, de su muerte hemos sido regenerados, todos nosotros. Y gracias a √Čl, abandonado en la cruz, nunca nadie est√° solo en la oscuridad de la muerte. Nunca, √Čl est√° siempre al lado: solo hay que abrir el coraz√≥n y dejarse mirar por √Čl.

El S√°bado Santo es el d√≠a del silencio: hay un gran silencio sobre toda la Tierra; un silencio vivido en el llanto y en el desconcierto de los primeros disc√≠pulos, conmocionados por la muerte ignominiosa de Jes√ļs. Mientras el Verbo calla, mientras la Vida est√° en el sepulcro, aquellos que hab√≠an esperado en √Čl son sometidos a dura prueba, se sienten hu√©rfanos, quiz√° tambi√©n hu√©rfanos de Dios. Este s√°bado es tambi√©n el d√≠a de Mar√≠a: tambi√©n ella lo vive en el llanto, pero su coraz√≥n est√° lleno de fe, lleno de esperanza, lleno de amor. La Madre de Jes√ļs hab√≠a seguido al Hijo a lo largo de la v√≠a dolorosa y se hab√≠a quedado a los pies de la cruz, con el alma traspasada. Pero cuando todo parece haber terminado, ella vela, vela a la espera manteniendo la esperanza en la promesa de Dios que resucita a los muertos. As√≠, en la hora m√°s oscura del mundo, se ha convertido en Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia y signo de la esperanza. Su testimonio y su intercesi√≥n nos sostienen cuando el peso de la cruz se vuelve demasiado pesado para cada uno de nosotros.

En las tinieblas del S√°bado Santo irrumpir√°n la alegr√≠a y la luz con los ritos de la Vigilia pascual, tarde por la noche, y el canto festivo del Aleluya. Ser√° el encuentro en la fe con Cristo resucitado y la alegr√≠a pascual se prolongar√° durante los cincuenta d√≠as que seguir√°n, hasta la venida del Esp√≠ritu Santo. ¬°Aquel que hab√≠a sido crucificado ha resucitado! Todas las preguntas y las incertidumbres, las vacilaciones y los miedos son disipados por esta revelaci√≥n. El Resucitado nos da la certeza de que el bien triunfa siempre sobre el mal, que la vida vence siempre a la muerte y nuestro final no es bajar cada vez m√°s abajo, de tristeza en tristeza, sino subir a lo alto. El Resucitado es la confirmaci√≥n de que Jes√ļs tiene raz√≥n en todo: en el prometernos la vida m√°s all√° de la muerte y el perd√≥n m√°s all√° de los pecados. Los disc√≠pulos dudaban, no cre√≠an. La primera en creer y ver fue Mar√≠a Magdalena, fue la ap√≥stola de la resurrecci√≥n que fue a contar que hab√≠a visto a Jes√ļs, que la hab√≠a llamado por su nombre. Y despu√©s, todos los disc√≠pulos le han visto. Pero, yo quisiera detenerme sobre esto: los guardias, los soldados, que estaban en el sepulcro para no dejar que vinieran los disc√≠pulos y llevarse el cuerpo, le han visto: le han visto vivo y resucitado. Los enemigos le han visto, y despu√©s han fingido que no le hab√≠an visto. ¬ŅPor qu√©? Porque fueron pagados. Aqu√≠ est√° el verdadero misterio de lo que Jes√ļs dijo una vez: ¬ęHay dos se√Īores en el mundo, dos, no m√°s: dos. Dios y el dinero. Quien sirve al dinero est√° contra Dios.¬Ľ Y aqu√≠ est√° el dinero que hizo cambiar la realidad. Hab√≠an visto la maravilla de la resurrecci√≥n, pero fueron pagados para callar. Pensemos en las muchas veces que hombres y mujeres cristianos han sido pagados para no reconocer en la pr√°ctica la resurrecci√≥n de Cristo, y no han hecho lo que el Cristo nos ha pedido que hagamos, como cristianos.

Queridos hermanos y hermanas, tambi√©n este a√Īo viviremos las celebraciones pascuales en el contexto de la pandemia. En muchas situaciones de sufrimiento, especialmente cuando quienes las sufren son personas, familias y poblaciones ya probadas por la pobreza, calamidades o conflictos, la Cruz de Cristo es como un faro que indica el puerto a las naves todav√≠a en el mar tempestuoso. La Cruz de Cristo es el signo de la esperanza que no decepciona; y nos dice que ni siquiera una l√°grima, ni siquiera un lamento se pierden en el dise√Īo de salvaci√≥n de Dios. Pidamos al Se√Īor que nos d√© la gracia de servirle y de reconocerle y de no dejarnos pagar para olvidarle.

Descargar documento