Catequesis del Papa

Catequesis sobre la confirmación: 3. Para el crecimiento de la Iglesia

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Prosiguiendo la reflexi√≥n sobre el sacramento de la confirmaci√≥n, consideramos los efectos que el don del Esp√≠ritu Santo hace madurar en los confirmados, llev√°ndolos a convertirse, a su vez, en don para los dem√°s. El Esp√≠ritu Santo es un don. Recordemos que cuando el obispo nos da la unci√≥n con el √≥leo, dice: ¬ęRecibe por esta se√Īal el don del Esp√≠ritu Santo¬Ľ. Ese don del Esp√≠ritu Santo entra en nosotros y hace fructificar, para que nosotros podamos darlo a los dem√°s. Siempre recibir para dar: nunca recibir y tener las cosas dentro, como si el alma fuera un almac√©n. No: siempre recibir para dar. Las gracias de Dios se reciben para dar a los dem√°s. Esta es la vida del cristiano. Es propio del Esp√≠ritu Santo, por tanto, descentrarse de nuestro yo para abrirse al ¬ęnosotros¬Ľ de la comunidad: recibir para dar. No estamos nosotros en el centro: nosotros somos un instrumento de ese don para los dem√°s.

Completando en los bautizados la similitud con Cristo, la confirmación les une más fuertemente como miembros vivos al cuerpo místico de la Iglesia (cf. Rito de la Confirmación, n. 25). La misión de la Iglesia en el mundo procede a través de la aportación de todos aquellos que son parte. Alguno piensa que en la Iglesia hay patrones: el Papa, los obispos, los sacerdotes, y después está el resto. No: ¡la Iglesia somos todos! Y todos tenemos la responsabilidad de santificarnos el uno al otro, de cuidar de los demás. La Iglesia somos todos nosotros. Cada uno tiene su trabajo en la Iglesia, pero la Iglesia somos todos. De hecho debemos pensar en la Iglesia como un organismo vivo, compuesto por personas que conocemos y con las que caminamos, y no como una realidad abstracta y lejana.

La Iglesia somos nosotros que caminamos, la Iglesia somos nosotros que hoy estamos en esta plaza. Nosotros: esta es la Iglesia. La confirmaci√≥n vincula a la Iglesia universal dispersa por toda la tierra, implicando activamente a los confirmados en la vida de la Iglesia particular a la que pertenecen, con el obispo a la cabeza, que es el sucesor de los ap√≥stoles. Y por esto el obispo es el ministro originario de la confirmaci√≥n (cf.¬†Lumen gentium, 26), porque √©l incluye en la Iglesia al confirmado. El hecho de que, en la Iglesia latina, este sacramento sea ordinariamente conferido por el obispo pone de relieve que ¬ętiene como efecto unir a los que lo reciben m√°s estrechamente a la Iglesia, a sus or√≠genes apost√≥licos y a su misi√≥n de dar testimonio de Cristo¬Ľ (Catecismo de la Iglesia Cat√≥lica, 1313). Y esta incorporaci√≥n eclesial est√° bien significada por el signo de paz que concluye el rito de la crismaci√≥n. El obispo dice, de hecho, a cada confirmado: ¬ęLa paz sea contigo¬Ľ. Recordando el saludo de Cristo a los disc√≠pulos la tarde de Pascua, colmada de Esp√≠ritu Santo (cf.¬†Juan¬†20, 19-23) ‚ÄĒhemos escuchado‚ÄĒ, estas palabras iluminan un gesto que ¬ęexpresa la comuni√≥n eclesial con el obispo y con todos los fieles¬Ľ (cf.¬†CIC, 1301). Nosotros, en la confirmaci√≥n, recibimos al Esp√≠ritu Santo y la paz: aquella paz que debemos dar a los dem√°s. Pero pensemos: cada uno que piense en la propia comunidad parroquial, por ejemplo. Est√° la ceremonia de la confirmaci√≥n y despu√©s nos damos la paz: el obispo la da al que se confirma y despu√©s en la misa, la intercambiamos entre nosotros. Esto significa armon√≠a, significa caridad entre nosotros, significa paz. Pero despu√©s, ¬Ņqu√© sucede? Salimos y comenzamos a hablar mal de los dem√°s, a ¬ędespellejar¬Ľ a los dem√°s. Comenzamos los chismorreos. Y los chismorreos son guerras. ¬°Esto no funciona! Si nosotros hemos recibido el signo de la paz con la fuerza del Esp√≠ritu Santo, debemos ser hombres y mujeres de paz y no destruir, con la lengua, la paz que ha hecho el Esp√≠ritu. ¬°Pobre Esp√≠ritu Santo, el trabajo que tiene con nosotros, con esta costumbre del chismorreo! Pensad bien: el chisme no es una obra del Esp√≠ritu Santo, no es una obra de la unidad de la Iglesia. El chisme destruye lo que hace Dios.

Pero por favor: ¡paremos de chismorrear! La confirmación se recibe una sola vez, pero el dinamismo espiritual suscitado por la santa unción es perseverante en el tiempo.

No terminaremos nunca de cumplir el mandato de difundir en todas partes el buen perfume de una vida santa, inspirada por la fascinante sencillez del Evangelio. Nadie recibe la confirmación solo para sí mismo, sino para cooperar en el crecimiento espiritual de los demás.

Solo as√≠, abri√©ndonos y saliendo de nosotros mismos para encontrar a los hermanos, podemos realmente crecer y no solo enga√Īarnos con hacerlo. Cuanto recibimos como don de Dios debe ser, de hecho, donado ‚ÄĒel don es para donar‚ÄĒ para que sea fecundo y que no sea, en cambio, sepultado por temores ego√≠stas, como ense√Īa la par√°bola de los talentos (cf.¬†Mateo¬†25, 14-30). Tambi√©n la semilla, cuando tenemos la semilla en la mano pero no est√° para meterlo all√≠, en el armario, dejarlo all√≠: est√° para sembrarlo.

El don del Esp√≠ritu Santo debemos darlo a la comunidad. Exhorto a los que se van a confirmar a que no ¬ęenjaulen¬Ľ al Esp√≠ritu Santo, a no oponer resistencia al Viento que sopla para empujarlos a caminar en libertad, a no sofocar el Fuego ardiente de la caridad que lleva a consumir la vida por Dios y por los hermanos. Que el Esp√≠ritu Santo nos conceda a todos nosotros el coraje apost√≥lico de comunicar el Evangelio, con las obras y las palabras a cuantos encontramos en nuestro camino.

Con las obras y las palabras, pero las palabras buenas: aquellas que edifican. No las palabras de los chismes que destruyen.

Por favor, cuando salg√°is de la iglesia pensad que la paz recibida es para darla a los dem√°s: no para destruirla con el chismorreo.

No olvidéis esto.

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