Catequesis del Papa

Catequesis sobre los Mandamientos – 9. Honra a tu padre ya tu madre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el viaje al interior de las Diez palabras llegamos hoy al mandamiento sobre el padre y la madre. Se habla del honor debido a los padres. ¬ŅQu√© es este ¬ęhonor¬Ľ? El t√©rmino hebreo indica la gloria, el valor, literalmente el ¬ępeso¬Ľ, la consistencia de una realidad. No es cuesti√≥n de formas exteriores sino de verdad. Honrar a Dios, en las Escrituras, quiere decir reconocer su realidad, hacer las cuentas con su presencia; eso se expresa tambi√©n con los ritos, pero implica sobre todo dar a Dios el justo puesto en la existencia. Honrar al padre y a la madre quiere decir de todos modos reconocer su importancia tambi√©n con hechos concretos, que expresen dedicaci√≥n, efecto y cuidado. Pero no se trata solo de esto.

La Cuarta Palabra tiene una caracter√≠stica suya: es el mandamiento que contiene un resultado. Dice, de hecho: ¬ęHonra a tu padre y a tu madre, como te lo ha mandado Yahveh tu Dios, para que se prolonguen tus d√≠as y seas feliz en el suelo que Yahveh tu Dios te da¬Ľ (Deuteronomio¬†5, 16). Honrar a los padres lleva a una larga vida feliz. La palabra ¬ęfelicidad¬Ľ en el Dec√°logo aparece solo ligada a la relaci√≥n con los padres.

Esta sabiduría plurimilenaria declara lo que las ciencias humanas han sabido elaborar solo desde hace poco más de un siglo: que la huella de la infancia marca toda la vida. Puede ser fácil, a menudo, entender si alguno ha crecido en un ambiente sano y equilibrado. Pero igualmente percibir si una persona viene de experiencias de abandono o de violencia. Nuestra infancia es un poco como una tinta indeleble, se expresa en los justos, en los modos de ser, incluso si algunos intentan esconder las heridas de los propios orígenes.

Pero el cuarto mandamiento dice más todavía. No habla de la bondad de los padres, no pide que los padres y las madres sean perfectos. Habla de un acto de los hijos, prescindiendo de los méritos de los padres, y dice una cosa extraordinaria y liberadora: incluso si no todos los padres son buenos y no todas las infancias son serenas, todos los hijos pueden ser felices, porque alcanzar una vida plena y feliz depende del reconocimiento justo hacia quien nos ha puesto en el mundo.

Pensemos en lo constructiva que puede ser esta Palabra para muchos j√≥venes que vienen de historias de dolor y para todos aquellos que han sufrido en la propia juventud. Muchos santos ‚ÄĒy much√≠simos cristianos‚ÄĒ despu√©s de una infancia dolorosa han vivido una vida luminosa, porque, gracias a Jesucristo, se han reconciliado con la vida. Pensemos en aquel joven, hoy beato, y el pr√≥ximo mes santo, Sulprizio, que con 19 a√Īos termin√≥ su vida reconciliado con tantos dolores, tantas cosas, porque su coraz√≥n estaba sereno y nunca hab√≠a renegado de sus padres. Pensemos en san Camilo de Lelis, que desde una infancia desordenada construy√≥ una vida de amor y de servicio; en santa Josefina Bakhita, crecida en una horrible esclavitud; o en el beato Carlo Gnocchi, hu√©rfano y pobre; y en el propio san Juan Pablo ii, marcado por la p√©rdida de la madre a una tierna edad.

El hombre, de cualquier historia que proceda, recibe de este mandamiento la orientaci√≥n que conduce a Cristo: en √Čl, de hecho, se manifiesta el verdadero padre, que nos ofrece ¬ęnacer de lo alto¬Ľ (cf.¬†Juan¬†3, 3-8). Los enigmas de nuestras vidas se iluminan cuando se descubre que Dios desde siempre nos prepara para una vida de hijos suyos, donde cada acto es una misi√≥n recibida por √Čl.

Nuestras heridas empiezan a ser potencialidades cuando por gracia descubrimos que el verdadero enigma ya no es ¬ę¬Ņpor qu√©?¬Ľ, sino ¬ę¬Ņpor qui√©n?¬Ľ, por qui√©n me ha sucedido esto ¬ŅEn vista de qu√© obra Dios me ha forjado a trav√©s de mi historia? Aqu√≠ todo se vierte, todo resulta valioso, todo se convierte en constructivo. Mi experiencia, aunque triste y dolorosa, a la luz del amor, ¬Ņc√≥mo se convierte para los dem√°s, para qui√©n, en fuente de salvaci√≥n? Entonces podemos empezar a honrar a nuestros padres con libertad de hijos adultos y con misericordiosa acogida de sus l√≠mites. Honrar a los padres: ¬°nos han dado la vida! Si t√ļ est√°s lejos de tus padres, haz un esfuerzo y vuelve, vuelve a ellos; tal vez son viejos… Te han dado la vida. Y despu√©s, entre nosotros est√° la costumbre de decir cosas feas, incluso palabrotas… Por favor, nunca, nunca, nunca insult√©is a los padres de los dem√°s. ¬°Nunca! Nunca se insulta a la madre, nunca insult√©is al padre. ¬°Nunca! ¬°Nunca! Tomad vosotros mismos esta decisi√≥n interior: desde hoy en adelante nunca insultar√© a la madre o al padre de nadie. ¬°Le han dado la vida! No deben ser insultados.

Esta vida maravillosa se nos ha ofrecido, no impuesto: renacer en Cristo es una gracia a acoger libremente (cf. Juan 1, 11-13), y es el tesoro de nuestro Bautismo, en el que, por obra del Espíritu Santo, uno solo es el Padre nuestro, el del cielo (cf. Mateo 23, 9; 1 Corintios 8, 6; Efesios 4, 6). ¡Gracias!

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