Catequesis del Papa

Catequesis sobre los Mandamientos: 14 A. No desees el cónyuge de otro; no desees los bienes de otro

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Nuestros encuentros sobre el Dec√°logo nos llevan hoy al √ļltimo mandamiento. Lo escuchamos al principio. Estas no son solo las √ļltimas palabras del texto, sino mucho m√°s: son el cumplimiento del viaje a trav√©s del Dec√°logo, que llegan al fondo de todo lo que encierra. En efecto, a simple vista, no agregan un nuevo contenido: las palabras ¬ęno codiciar√°s la mujer de tu pr√≥jimo […], ni los bienes de tu pr√≥jimo¬Ľ¬†est√°n al menos latentes en los mandamientos sobre el adulterio y el robo. ¬ŅCu√°l es entonces la funci√≥n de estas palabras? ¬ŅEs un resumen? ¬ŅEs algo m√°s?

Tengamos muy en cuenta que todos los mandamientos tienen la tarea de indicar el l√≠mite de la vida, el l√≠mite m√°s all√° del cual el hombre se destruye y destruye a su pr√≥jimo, estropeando su relaci√≥n con Dios. Si vas m√°s all√°, te destruyes, tambi√©n destruyes la relaci√≥n con Dios y la relaci√≥n con los dem√°s. Los mandamientos se√Īalan esto. Con esta √ļltima palabra, se destaca el hecho de que todas las transgresiones surgen de una ra√≠z interna com√ļn:¬†los deseos malvados.¬†Todos los pecados nacen de un deseo malvado. Todos. All√≠ empieza a moverse el coraz√≥n, y uno entra en esa onda, y acaba en una transgresi√≥n. Pero no en una transgresi√≥n formal, legal: en una transgresi√≥n que hiere a uno mismo y a los dem√°s.

En el Evangelio, el Se√Īor Jes√ļs dice expl√≠citamente: ¬ęPorque de dentro, del coraz√≥n de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraudes, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre¬Ľ(Mc¬†7, 21-23).

Entendemos as√≠ que todo el itinerario del Dec√°logo no tendr√≠a ninguna utilidad si no llegase a tocar este nivel,¬†el coraz√≥n del hombre.¬†¬ŅDe d√≥nde nacen todas estas cosas feas? El Dec√°logo se muestra l√ļcido y profundo en este aspecto: el punto de llegada ‚Äďel √ļltimo mandamiento‚Äď de este viaje es el coraz√≥n, y si √©ste, si el coraz√≥n, no se libera, el resto sirve de poco. Este es el reto: liberar el coraz√≥n de todas estas cosas malvadas y feas. Los preceptos de Dios pueden reducirse a ser solo la hermosa fachada de una vida que sigue siendo una existencia de esclavos y no de hijos. A menudo, detr√°s de la m√°scara farisaica de la sofocante correcci√≥n, se esconde algo feo y sin resolver.

En cambio, debemos dejarnos desenmascarar por estos mandatos sobre el deseo, porque nos muestran nuestra pobreza, para llevarnos a una santa humillaci√≥n. Cada uno de nosotros puede preguntarse: Pero ¬Ņqu√© deseos feos siento a menudo? ¬ŅLa envidia, la codicia, el chismorreo? Todas estas cosas vienen desde dentro. Cada uno puede pregunt√°rselo y le sentar√° bien. El hombre necesita esta bendita humillaci√≥n, esa por la que descubre que no puede liberarse por s√≠ mismo, esa por la que clama a Dios para que lo salve. San Pablo lo explica de una manera insuperable, refiri√©ndose al mandamiento de¬†no desear¬†(cf.¬†Rom¬†7, 7-24).

Es vano pensar en poder corregirse sin el don del Espíritu Santo. Es vano pensar en purificar nuestro corazón solo con un esfuerzo titánico de nuestra voluntad: eso no es posible. Debemos abrirnos a la relación con Dios, en verdad y en libertad: solo de esta manera nuestras fatigas pueden dar frutos, porque es el Espíritu Santo el que nos lleva adelante.

La tarea de la Ley B√≠blica no es la enga√Īar al hombre con que una obediencia literal lo lleve a una salvaci√≥n ama√Īada y, adem√°s, inalcanzable. La tarea de la Ley es llevar al hombre a su verdad, es decir, a su pobreza, que se convierte en apertura aut√©ntica, en apertura personal a la misericordia de Dios, que nos transforma y nos renueva. Dios es el √ļnico capaz de renovar nuestro coraz√≥n, a condici√≥n de que le abramos el coraz√≥n: es la √ļnica condici√≥n; √Čl lo hace todo; pero tenemos que abrirle el coraz√≥n.

Las √ļltimas palabras del Dec√°logo educan a todos a reconocerse como¬†mendigos; nos ayudan a enfrentar el desorden de nuestro coraz√≥n, para dejar de vivir ego√≠stamente y volvernos pobres de esp√≠ritu, aut√©nticos ante la presencia del Padre, dej√°ndonos redimir por el Hijo y ense√Īar por el Esp√≠ritu Santo. El Esp√≠ritu Santo es el maestro que nos ense√Īa. Somos mendigos, pidamos esta gracia.

¬ęBienaventurados los pobres de esp√≠ritu, porque de ellos es el reino de los cielos¬Ľ (Mt¬†5, 3). S√≠, benditos aquellos que dejan de enga√Īarse creyendo que pueden salvarse de su debilidad sin la misericordia de Dios, que es la sola que puede sanar el coraz√≥n. Solo la misericordia del Se√Īor sana el coraz√≥n. Bienaventurados los que reconocen sus malos deseos y con un coraz√≥n arrepentido y humilde no se presentan ante Dios y ante los hombres como justos, sino como pecadores. Es hermoso lo que Pedro le dijo al Se√Īor: ‚ÄúAl√©jate de m√≠, Se√Īor, que soy un pecador‚ÄĚ. Hermosa oraci√≥n √©sta: ‚ÄúAl√©jate de m√≠, Se√Īor, que soy un pecador‚ÄĚ.

Estos son los que saben tener compasión, los que saben tener misericordia de los demás, porque la experimentan en ellos mismos.

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