Catequesis del Papa

Catequesis sobre los Mandamientos: 14 B. La ley nueva en Cristo y los deseos seg√ļn el Esp√≠ritu

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la catequesis de hoy, que concluye el recorrido sobre los Diez Mandamientos, podemos utilizar como tema clave el de los deseos, que nos permite recorrer el camino hecho y resumir las etapas llevadas a cabo leyendo el texto del Decálogo, siempre a la luz de la plena revelación en Cristo.

Partimos de la gratitud como base de la relaci√≥n de confianza y de obediencia: Dios, hemos visto, no pide nada antes de haber dado mucho m√°s. √Čl nos invita a la obediencia para rescatarnos del enga√Īo de las idolatr√≠as que tanto poder tienen en nosotros. De hecho, buscar la realizaci√≥n propia en los √≠dolos de este mundo nos vac√≠a y nos esclaviza, mientras que lo que da talla y consistencia es la relaci√≥n con √Čl, que, en Cristo, nos hace hijos a partir de su paternidad. (cf.¬†Efesios¬†3, 14-16).

Esto implica un proceso de bendici√≥n y de liberaci√≥n, que son el reposo verdadero, aut√©ntico. Como dice el Salmo: ¬ęEn Dios solo el descanso de mi alma, de √Čl viene mi salvaci√≥n¬Ľ (Salmo¬†62, 2).

Esta vía liberada se convierte en acogida de nuestra historia personal y nos reconcilia con aquello que, desde la infancia hasta el presente, hemos vivido, haciéndonos adultos y capaces de dar el peso justo a las realidades y a las personas de nuestra vida. Por ese camino entramos en la relación con el prójimo que, a partir del amor que Dios muestra en Jesucristo, es una llamada a la belleza de la fidelidad, de la generosidad y de la autenticidad.

Pero para vivir as√≠ ‚ÄĒes decir, en la belleza de la fidelidad, de la generosidad y de la autenticidad‚ÄĒ necesitamos un coraz√≥n nuevo, inhabitado por el Esp√≠ritu Santo (cf.¬†Ezequiel¬†11, 19; 36, 26). Yo me pregunto: ¬ŅC√≥mo sucede este ¬ętrasplante¬Ľ de coraz√≥n, del coraz√≥n viejo al coraz√≥n nuevo? A trav√©s del don de los¬†deseos nuevos¬†(cf.¬†Romanos¬†8, 6); que son sembrados en nosotros por la gracia de Dios, de modo particular a trav√©s de los Diez Mandamientos cumplidos por Jes√ļs, como √Čl ense√Īa en el ¬ędiscurso de la monta√Īa¬Ľ (cf.¬†Mateo¬†5, 17-48). De hecho, en la contemplaci√≥n de la vida descrita por el Dec√°logo, es decir, una existencia grata, libre, aut√©ntica, benediciente, adulta, custodia y amante de la vida, fiel, generosa y sincera, nosotros, casi sin darnos cuenta, nos encontramos frente a Cristo. El Dec√°logo es su ¬ęradiograf√≠a¬Ľ, lo describe como un negativo fotogr√°fico que deja aparecer su rostro ‚ÄĒcomo en la S√°bana santa‚ÄĒ. Y as√≠ el Esp√≠ritu Santo fecunda nuestro coraz√≥n poniendo en √©l los deseos que son un don suyo, los deseos del Esp√≠ritu. Desear seg√ļn el Esp√≠ritu, desear al ritmo del Esp√≠ritu, desear con la m√ļsica del Esp√≠ritu.

Mirando a Cristo vemos la belleza, el bien, la verdad. Y el Espíritu genera una vida que, siguiendo estos deseos suyos, provoca en nosotros la esperanza, la fe y el amor.

As√≠ descubrimos mejor lo que significa que el Se√Īor Jes√ļs no ha venido para abolir la ley sino para darle cumplimiento, para hacerla crecer y mientras la ley seg√ļn la carne era una serie de prescripciones y de prohibiciones, seg√ļn el Esp√≠ritu esta misma ley se convierte en vida. (cf.¬†Juan¬†6, 63;¬†Efesios¬†2, 15), porque ya no es una norma, sino la carne misma de Cristo, que nos ama, nos busca, nos perdona, nos consuela y en su Cuerpo recompone la comuni√≥n con el Padre, perdida por la desobediencia del pecado. Y as√≠, la negatividad literaria, la negatividad en la expresi√≥n de los mandamientos ‚ÄĒ¬ęno robar√°s¬Ľ, ¬ęno insultar√°s¬Ľ, ¬ęno matar√°s¬Ľ‚ÄĒ ese ¬ęno¬Ľ se transforma en un comportamiento positivo: amar, dejar un lugar a los dem√°s en mi coraz√≥n, todos los deseos que siembran positividad. Y esta es la plenitud de la ley que Jes√ļs ha venido a traernos.

En Cristo, y solo en √Čl, el Dec√°logo deja de ser una condenaci√≥n (cf.¬†Romanos¬†8, 1) y se convierte en la aut√©ntica verdad de la vida humana, es decir, deseo de amor ‚ÄĒaqu√≠ nace un deseo del bien, de hacer el bien‚ÄĒ deseo de alegr√≠a, deseo de paz, de magnanimidad, de benevolencia, de bondad, de fidelidad, de mansedumbre, dominio de s√≠. Desde esos ¬ęno¬Ľ se pasa a este ¬ęs√≠¬Ľ: la actitud positiva de un coraz√≥n que se abre con la fuerza del Esp√≠ritu Santo.

He aqu√≠ para lo que sirve buscar a Cristo en el Dec√°logo: para fecundar nuestro coraz√≥n para que est√© cargado de amor y se abra a la obra de Dios. Cuando el hombre sigue el deseo de vivir seg√ļn Cristo, entonces est√° abriendo la puerta a la salvaci√≥n, la que no puede hacer otra cosa que llegar, porque Dios Padre es generoso y como dice el Catecismo, ¬ętiene sed de que el hombre tenga sed de √Čl¬Ľ (n. 2560).

Si hay deseos malos que contaminan al hombre (cf. Mateo 15, 18-20), el Espíritu depone en nuestro corazón sus santos deseos, que son el germen de la vida nueva (cf. 1 Juan 3, 9). La vida nueva, de hecho, no es el esfuerzo titánico para ser coherentes con una norma sino que la vida nueva es el Espíritu mismo de Dios que empieza a guiarnos hasta sus frutos, en una sinergia feliz entre nuestra alegría de ser amados y su alegría de amarnos. Se encuentran dos alegrías: la alegría de Dios de amarnos y nuestra alegría de ser amados.

He aquí lo que es el Decálogo para nosotros cristianos: contemplar a Cristo para abrirnos a recibir su corazón, para recibir sus deseos, para recibir su Santo Espíritu.

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